• La Mosca Luminosa

METAVIAJE EN BUS ALREDEDOR DE UN LIBRO TITULADO "PASAJES"

Por: Gianna Piazzini Grajales | Arquitecta e Ilustradora.


"El mundo no volverá a ser igual, me digo entre líneas, en parte gracias a la lejanía que ahora experimentamos de las prácticas colectivas como viajar en bus"

Ilustraciones de Gianna Piazzini Grajales

Viajaba en la ruta "Estación Estrella - San Antonio de Prado" cuando conocí Pasajes, libro publicado en 2018 por Intermedio Editores, como premio a la Mención especial Mujer joven escritora, otorgado por la Casa Editorial El Tiempo, en el concurso de Mujeres Jóvenes Talento de la Secretaría de Mujeres de la Alcaldía de Medellín en 2017. Más allá de su ficha bibliográfica esta publicación llamó inmediatamente mi interés, pues, compone una serie de relatos sobre situaciones inéditas y recurrentes que acontecen en el transporte público, sin duda, el mayor sistema de flujos de la ciudad que no deja de circular con sus rutas a través de sus arterias, ni siquiera de noche cuando la mayoría duerme, movilizando de manera colectiva personajes asincrónicos, pasajeros habituales o no, como podría serlo yo, o cualquiera que nos observe mientras viajamos.


Los buses son lugares encapsulados en una máquina con vistas hacia el exterior, la experiencia de viajar en su interior nos mantiene siempre atentos, en un estado de vigilia que depende muchas veces del cansancio de la jornada. Hablar de transporte despierta sentimientos y vivencias desde nuestros instintos más mecánicos hasta los más humanos, pasando por la ensoñación, el desagrado, el odio generalizado, la indiferencia y la violencia. En el Valle de Aburrá, la red de transporte público está compuesta, además de los buses urbanos, por un sistema integrado de transporte masivo: Metro, Metroplús, tranvía y cables, diseñado en su conjunto para atender las necesidades de trabajo y consumo que el sistema productivo supone, por lo que su uso implica la repetición y la rutina, no siempre en las mejores condiciones en cuanto al espacio, la capacidad e incluso el ambiente en general, y sin solucionar los problemas de la altísima demanda de movimiento que requiere la ciudad a medida que expande su suelo urbano.


Estos detalles son, sin duda, pertinentes para conocer tanto el contexto urbano del libro como el mérito que obtuvo para su publicación, pero que no alcanzan en sí mismos a transmitirnos la importancia que tiene conocer los mundos que Pasajes encierra -o libera- tras sus páginas; hay que leerlo, aquí la vida diaria es minuciosamente descrita, la autora encuentra en las situaciones corrientes una posibilidad poética, móvil, que personifica inteligentemente el mundo interior de los pasajeros en el universo del bus. Logra entretejer eventos y personajes muy singulares que, a mi modo de ver, hacen oda con su presencia a este lugar ambulante.



El estudio del concepto de "lugar" como “espacio para la simultaneidad de identidades” que, desde los diferentes frentes de la geografía crítica se ha pretendido situar en el contexto de un mundo globalizado, implica bajar a las aceras -siguiendo a Michel de Certeau en su Práctica de la vida cotidiana(1988)-, y entender el desplazamiento como una acción discursiva en la que se hacen evidentes los hitos paisajísticos y espaciales más relevantes de los recorridos urbanos. Sin embargo, en estos estudios no he encontrado una referencia que resignifique las singularidades del movimiento mismo como lo hace María Fernanda Aristizábal en su fiel descripción de lo cotidiano. Con Pasajes, dentro de la literatura de viajes, la autora logra revertir el no lugar que de Certeau supone entre un punto y otro, a una suerte de sinvacío intermedio, como la asíndeton cotidiana en la narrativa del discurso caminante, o viajante, lo que abre las puertas a los acontecimientos sociales cuya riqueza ignoramos entre el afanado ir y venir.


Mi encuentro con el libro fue fortuito y por ello más emocionante y grato. Pensando en ingresar a la Maestría en Estudios Socioespaciales del INER, organizaba constantemente el hilo de mis ideas para construir lo que sería mi ensayo de aplicación. Aquellos últimos seis meses de 2019 en que me preparé para ello, trabajaba de lunes a viernes en La Carreta Editores, estaba allí ocho horas sumergida entre los libros de esta antigua editorial y sus publicaciones sobre ciencias sociales, política e historia. Otras dos horas y media viajando, de las cuales el tiempo en el Metro lo dedicaba a la lectura de Klaske Havik, Leer y escribir la arquitectura(2017), y de Francesco Careri, Pasear, detenerse(2016); después en el bus, el inevitable encuentro con el paisaje en movimiento y la radio. En suma, esto era para mí tiempo y espacio de un metaviaje, es decir, una reflexión del viaje mientras se está viajando, pues, como María Fernanda, lo que aspiraba demostrar era la validez de moverse en transporte público como una experiencia significativa, aún bastante ignorada, considerada incluso por muchos pasajeros como un tiempo perdido, un letargo de la monótona repetición, donde, estoy segura, coexisten diversas subjetividades, vivas, en constante acción.


Así que un día sábado, en una salida extraordinaria, me subí al bus para regresar a mi casa, era medio día y sintonicé Radio Bolivariana. Sin esperarlo, me sorprendí al escuchar que comenzaba un programa -Medellín anverso y reverso- en el que reseñaban un libro de relatos desarrollados en el transporte público: Pasajes, además, entrevistaban a su autora: comunicadora social de la Universidad Pontificia Bolivariana, cuyas narraciones estaban influidas por las experiencias de viaje en la ruta Comercial Hotelera, la cual abordó casi siempre mientras hacía sus prácticas profesionales, de allí tomó muchas de las imágenes, personajes y situaciones vividas para configurar el universo viajero del libro.


María Fernanda Aristizábal es también la ilustradora de la portada de su propio libro, con lo que demuestra que la riqueza descriptiva está tanto en sus trazos como en los retratos literarios de la vida en el bus. Toma las líneas del dibujo con la paciencia de otro viaje que sucediera al interior de una libreta, como en el relato «Retratar a alguien horrible» donde el personaje describe su propio metaviaje a través de la anatomía de un extraño: “Disfruté, más de lo que hubiera imaginado, recrear los cayos, las penínsulas, las bahías que formaban los límites de su piel. Si hubiera sido una piel lisa hubiera terminado en un santiamén y mi dibujo hubiera quedado como cualquier otro. Pero su indomable geografía me permitió cruzar los abismos entre sus poros y sus comisuras” (p. 60).

Así, la silletería más indeseable del bus le había puesto al frente a este hombre de rasgos singulares y no pudo resistir retratarlo, de este modo infiero que la autora se ha sentado frente a la geografía de los acontecimientos del viaje cotidiano, dibujándolos literariamente como un retrato de sus realidades simultáneas, veladas tras el anonimato de la rutina.


Para este momento, después de hallar las múltiples coincidencias que tengo con la autora, tanto en el tema del viaje como en el de la ilustración, con el libro en mis manos -pues no dudé en llevarlo al verlo en la vitrina de la librería del bloque 22 de la Universidad de Antioquia- y con mi visión de la realidad sesgada por el confinamiento de la pandemia, leo Pasajes, paralelamente a otras lecturas necesarias para la formulación de mi investigación sobre la producción social del espacio al interior de las máquinas de transporte. Este libro ha sido el medio en que me transporto a una dimensión exterior, pública, que aún no sabemos si retornará tal como la conocíamos, con la relativa tranquilidad del contacto con el otro.


Su carátula es como la ventana del bus que aguardamos. Las manos en la baranda común, y la composición variopinta de las prendas coloridas que se amontonan unas sobre otras, así como la simultaneidad de orígenes y sentidos de lugar anónimos que se encuentran en las historias, constituyen para este momento un testimonio reciente, un documento histórico o literario de lo que era viajar en bus antes de que se declarara la pandemia y, con ella, desapareciera la tranquilidad del contacto humano por el temor al contagio que podrían generar las aglutinaciones en el transporte urbano.


El mundo no volverá a ser igual, me digo entre líneas, en parte gracias a la lejanía que ahora experimentamos de las prácticas colectivas como viajar en bus, sobre todo de la soltura con que, sin darnos cuenta, sobrellevábamos el amontonamiento en las horas pico. El libro confirma a través de sus narraciones el lugar público y de sociabilidad por excelencia que es el bus, en el que, sin llegar a romantizar, somos incluso a veces partícipes de situaciones violentas, como los eventos trágicos que se llevaron la vida de Paula Andrea González el 5 de agosto de 2018 -el mismo año en que se publicaba el libro- a manos de sujetos inescrupulosos que en un intento de atraco transgredieron por completo la comunidad móvil y “segura” que supone el bus para quienes vivimos alejados del Centro. Esta y otras situaciones sin duda evidencian la descomposición social, como en el libro el relato «Cosas indecorosas» donde el bus aparece como lugar para violencias con carácter de género que sobrepasan los límites de la dignidad y la tolerancia, o como escenario de la precariedad que aqueja a aquellos que abordan el transporte para vender alimentos o pedir colaboraciones, y donde se manifiesta la fijeza de nuestro territorio, pobre y angustiado. Todo ello compone gran parte de lo que significa el viaje en transporte público en nuestra región. Aunque, es también allí donde somos sujetos de múltiples encuentros y coincidencias, momentos de introspección diluidos en la visión del paisaje móvil, gratas sorpresas de rostros conocidos que abordan la misma máquina en que viajamos, situaciones ordinarias, colectivas, que atan nuestra convergencia al medio, y que hacen de este tiempo y espacio de viaje una singularidad en medio de las generalidades que se adquieren al pagar el pasaje.


El mérito del libro está en devolver el carácter poético del viajar en bus, aun cuando sabemos que en nuestra ciudad las frecuencias y las capacidades del transporte público son desbordadas, lo que hace que el viaje caiga en el tedio y en la búsqueda de matar completamente el tiempo invertido mediante dispositivos con conexión a internet, es decir, escapes a otros lugares, a otros tiempos, proporcionados incluso por las mismas compañías de transporte: videos emotivos con elaboradas animaciones infantiles, que también nos desplazan a sentimientos que ocurren fuera de la máquina, publicidad de eventos y consumo de productos, todo fuera del bus, como las sombras de La caverna de Platón. Es una experiencia que se desea eludir por completo en el deseo de un carro particular, de ese espacio individual compartimentado que ofrece un confort personalizado, la propia música, el propio aire, el propio tiempo, no importa si el viaje es en medio del denso tráfico, con tal de tener la certeza de aquella propiedad privada, intraspasable para la colectividad, un espacio completamente diferente al bus. Con todo esto, María Fernanda trae también las historias que suceden tras la pantalla del celular de un viajero, manifestando esta realidad, la vida de los participantes de la conversación y la del ojo que involuntariamente se desliza hacia los diálogos ajenos. Suprime del bus, como lugar, los estrechos límites de la carrocería: un asiento llega a ser el tablero de apuntes, de hilos comunicantes escritos de manera colectiva; afirma María Fernanda, “Los espaldares de los asientos de bus no se inventaron para recostar la espalda, sino para servir como lienzo en blanco, libreta de notas, pancartas de avisos, directorio, antología de frases y poemas soeces…” (p. 71); el patíbulo para quienes sufren la mirada ajena. “Pocas cosas nacieron para las almas tímidas. El transporte público definitivamente excede nuestras posibilidades. Nos avienta al mundo. Nos desgarra con miradas furtivas e inquisidoras. Pone en evidencia nuestras torpezas. Viola nuestros límites” (p. 54). En otros casos es también la oportunidad para hacer una siesta o para desertar de intentarlo al sentir la vibración y tintineo de los vidrios sobre el cráneo.



A pesar de que el sentimiento nostálgico es tildado de acrítico, no podría esconderlo dentro de lo que me produce la lectura de estos retratos; río en medio de recuerdos, con el buen humor que la autora pone en las historias más sencillas, donde gracias al recurso literario del metaviaje me permito inferir sobre las vidas de los que normalmente vemos como rostros mudos, planos y sin historia, y rescatar auténticamente lo que solo pasa en un bus: las bancas donde viaja la eternidad de los pasajeros que van de principio a fin, el pasillo como púlpito para los predicadores o como teatro móvil; donde los eventos tras las ventanas, en la puntualidad del viaje diario, son la novela de todos los días. Más allá de cualquier conclusión académica o literaria me he permitido acercarme al recuerdo de mi propia experiencia, por ello aplaudo la manera en que sus relatos logran dirigir la atención lectora sobre nuestra vida misma, sobre la sencillez de todos los días, para rescatarla de la normalidad y la monotonía que de manera simplista se atribuye al tiempo del viaje en bus.


En este momento, lo que hace unos meses era tan corriente es ahora toda una añoranza o una hazaña. Una actitud que quizá traiga consigo la reflexividad sobre el espacio inmediato que habitamos y nos aleje de las expectativas irrealizables que el afán de la distracción y el consumismo interponen entre nosotros y nuestros ires y venires, entre nuestros cuerpos y el paisaje que recorremos tras la ventanilla. Aún en medio de la disciplina y el control imperante de los sistemas urbanos, la lectura de Pasajes puede ayudarnos a ver que, dentro de las opresiones globalizadas, nuestra vida cotidiana emerge como lugar para la acción, incluso en hora pico. En el bus sin duda asistimos a la producción social del espacio. El trabajo que desempeñamos y nuestra actividad están a favor de no generalizar el anonimato con que la ciudad amenaza y que a veces llega a ser un arma, y otras veces un peso invisible y silencioso. Al bus arrastramos la fijeza de nuestro origen y nuestro destino, es decir, nuestra historia, para encontrarnos con otras y ponerlas todas juntas en marcha, lo que sugiere que cada viaje es un pequeño proyecto político sin bandera, un tiempo intersticial que no pertenece ni al consumo ni a la productividad y que, por tanto, merece ser recuperado como experiencia válida y quizás emancipadora, de aquella celeridad que la modernidad ha impuesto a la vida.