• La Mosca Luminosa

LA SUERTE QUE NOS HA TOCADO SOBRE LA TIERRA

Por: David Herrera | Historiador


Hablemos del género biográfico como corriente historiográfica, y del nuevo libro de Pulso & Letra Editores, del historiador Jorge Andrés Suárez Quirós, titulado Manuel Uribe Ángel 1822-1904: promover y difundir: biografía de un modernizador antioqueño, publicado en Medellín en enero de 2022 como Ganador de la Convocatoria Programa Nacional de Estímulos Portafolio 2021 en la modalidad de libros inéditos de interés regional. Fruto de un trabajo de grado meritorio en el pregrado de Historia en la Universidad de Antioquia en 2010.

Fotografía: Carlos León Gaviria, en la Casa de la Cultura Miguel Uribe Restrepo, Envigado.

Si la escritura de la historia constituye una forma de narrar algo para tratar de explicarlo, la historia-estudio ha puesto en práctica un modo específico de explicar narrando y, gracias a su capacidad para consolidar una conciencia del tiempo en sus diversas concepciones, se ha convertido en una oportunidad para proponer análisis detallados acerca de la conexión de múltiples acontecimientos inscritos en la relación pasado-presente. Historiadores como Jacques Le Goff nos han advertido que uno de los principios científicos de la mirada histórica consiste en reconocer cómo los documentos adquieren en tanto fuentes una connotación de monumento cuyo carácter de no-inocencia, más que instaurar o develar verdades absolutas e irrebatibles, permite evidenciar la existencia de la expresión de un poder, el poder del pasado sobre la memoria y el futuro, el cual ha servido en gran parte para determinar tanto individual como socialmente lo que recordamos, lo que olvidamos e incluso lo que imaginamos que podemos llegar a ser. Y puesto que la relevancia del oficio del historiador aún se fundamenta en un ideal de verdad al igual que en un interés de curiosidad, los esfuerzos de los historiadores actuales nos demuestran que el lugar de la historia en el presente se sigue jugando no solo en su reinterpretación constante del pasado, sino también en sus procesos de escritura, una escritura que en sus variaciones multimediales nos revela las conexiones que hemos establecido con nuestro devenir.


A propósito de la recepción de los textos historiográficos, la función prospectiva del análisis histórico, así como la fuerza de su despliegue crítico a la hora de abordar la información proporcionada por diversos tipos de documentos, son dos cuestiones que ponen de relieve el panorama ético, político y estético del terreno en el que se mueven aquellas personas que escriben desde una perspectiva histórica. En efecto, frente a la construcción del hecho histórico, al fijarnos en las condiciones en las que trabaja el historiador, si quisiéramos dimensionar algunos rasgos de la potencia crítica de su análisis, los lectores nos podemos preguntar cuál es el problema de investigación de cada autor, en qué circunstancias escribe su obra, qué clase de testimonios recoge en su pesquisa, de qué manera construye el horizonte de objetividad-veracidad de su relato y, si pone de manifiesto un compromiso político determinado, con qué intenciones lo hace o por qué lo oculta. De modo que uno podría preguntarse, al leer diversos trabajos escritos en las últimas décadas, por ejemplo, qué aspectos del siglo XIX le interesan a un historiador del siglo XXI, cuáles son los métodos de estudio utilizados por dicho historiador para indagar algún objeto del pasado que sea relevante en su presente o con qué elementos conceptuales elabora en términos narrativos una explicación producto de su indagación acerca de tales o cuales temas.


Aunque el trasfondo científico, artístico y filosófico implícito en la escritura de la historia abre un sinnúmero de cuestiones que atañen a su desarrollo como disciplina; lo cierto a grandes rasgos es que las investigaciones con un enfoque histórico buscan hacer inteligible lo continuo y lo discontinuo en una gran variedad de procesos sociales resaltando sus diferencias y sus semejanzas con otras experiencias. En consecuencia, las discusiones sobre el papel de la disciplina histórica en el mundo contemporáneo han destacado en repetidas ocasiones que, para participar con un conocimiento especializado en los debates en torno a una enorme multiplicidad de asuntos culturales, políticos, económicos y sociales, una de las tareas más importantes de la historia radica precisamente en mantener su atención tanto en las regularidades como en los cambios significativos de unos u otros fenómenos. Por eso, si se tratara de pensar cómo el discurso de un historiador construye lo histórico mediante la escritura de sus textos, una opción de lectura nos llevaría a auscultar los modelos de análisis de la temporalidad trazados en cada investigación, sus puntos de partida cronológicos y su periodización, los problemas de la documentación y su crítica de las fuentes, además de su conceptualización de categorías como lo antiguo, lo moderno, la modernidad, la modernización, etcétera.


¿El género biográfico en la escritura de la historia?


El género biográfico ha sido uno de los principales géneros en la escritura de la historia. Narrar historiográficamente la biografía de una persona, es decir, hablar sobre la historia vivida por alguien desde el punto de vista de la ciencia histórica exige implementar una metodología capaz de valorar al individuo como actor social para comprender la experiencia, la identidad y las intenciones de cada sujeto adentrándose en sus acciones, en su contexto vital y en sus relaciones con otros. Ahora bien, mientras uno de los retos comunicativos de la biografía como género historiográfico se ubica en el encuadramiento del personaje biografiado, otro desafío se instala en el mercado editorial de las biografías. Los textos biográficos-historiográficos se suelen aproximar a lectores cultos, no necesariamente especialistas, que pretenden conocer algo del pasado. Sin embargo, la preocupación por el conocimiento del pasado a la luz del trasegar individual de una persona expresa una actitud histórica que hoy en día se hace cada vez más notoria en nuestra sociedad a través de la circulación de una considerable cantidad de biografías noveladas, documentales biográficos, biopics, relatos autobiográficos, biografías históricas, etc. De ahí que al ponerse en valor la vida y obra del sujeto en cuestión, si bien las preferencias del historiador determinan la elección de una estructura biográfica particular, los lectores tienen la posibilidad de aceptar o de rechazar en su sensibilidad la composición clásica del esquema lineal que repasa la vida del biografiado como un cuadro narrativo desde su nacimiento hasta su muerte.


Foto: Carlos León Gaviria, en el monumento de F.A Cano a Manuel Uribe Ángel, parque de Envigado.

La crítica literaria Judith Podlubne asegura que la escritura biográfica como arte vulnerable implica la creación de una forma de poner en discurso el sentido de lo vivido decodificando los mecanismos de invención de los sujetos para componer relatos por medio de la escritura de las escenas de la vida de alguien. Para ella, la materia del biógrafo no es el qué sino el cómo. Más que narrar en sí la vida del biografiado, la preocupación del biógrafo debe ser cómo configurar discursivamente lo vivido por el biografiado. Si la biografía postula una forma narrativa de hacer historia que estriba en relatar la vida del otro, el historiador es quien elige el procedimiento expositivo en función de las facetas o de los planos de proyección social de su personaje. Por tal motivo, cuando se ordena una vida para hacerla comprensible, a los ojos de Podlubne, “las contradicciones del personaje se confunden inevitablemente con las del propio historiador”. La voz del biógrafo, el nexo entre biógrafo y biografiado, la tensión entre documento e imaginación y, ante todo, la significación del archivo son problemas constitutivos de la razón biográfica. De ahí que al evaluar el funcionamiento de los materiales biográficos en su operación por enlace y por agregación al interior de los modos contemporáneos de cultivar el conocimiento histórico, el historiador-biógrafo tendrá que decidir conscientemente qué saber y qué ignorar: “¿Qué fuentes usar? ¿Cómo dar cuenta de la subjetividad de la voz que cuenta la vida del/de la otro/a? ¿A quién leer? (…)¿Qué sabía el biografiado que el biógrafo hoy ignora? Y viceversa: ¿Qué sabe el biógrafo que el biografiado ignoraba entonces?”


Al leer algunas investigaciones historiográficas contemporáneas en Colombia se puede notar cómo en las últimas décadas se ha retomado el género clásico de la biografía para proponer narraciones explicativas acerca de la vida de diversos personajes asociados a las actividades políticas, culturales y artísticas de nuestro país desde el siglo XIX hasta la actualidad. Pensemos, por ejemplo, en el libro de Gilberto Loaiza Cano, Manuel Ancizar y su época. Biografía de un político hispanoamericano del siglo XIX (2004), mismo autor del texto Luis Tejada y la lucha por una nueva cultura: Colombia, 1898-1924 (1995). Por un lado, se constata que varios trabajos recientes concentran sus intereses alrededor de la personalidad de ciertos expresidentes, desde la obra de James Henderson, La modernización en Colombia. Los años de Laureano Gómez, 1889-1965 (2006), hasta el cómic sobre Simón Bolívar de Carmen Cataño y Juan Salazar, Yo, Libertador (2011). Por otro lado, sin contar ahora la amplia oferta audiovisual, cinematográfica y televisiva disponible en el siglo XXI, se evidencia asimismo que distintas investigaciones históricas o cercanas a la historia del arte se han adentrado en las trayectorias vitales de una pluralidad de artistas y escritores, entre otras, Édison Marulanda Peña con Más que Juan Mosca: Fernando Garavito, escritor y hereje (2016), Ana M. Franco con Neoclásicos: Eduardo Negret y Eduardo Ramírez Villamizar entre París, Nueva York y Bogotá, 1944-1964 (2019), y César León Henao con Carlos Correa: realismo y modernidad (2021).


Una biografía histórica sobre un hombre del siglo XIX


El historiador Andrés Suárez presenta una biografía individual de Manuel Uribe Ángel en la que se logra contextualizar la vida de una persona del siglo XIX como sujeto histórico acudiendo al análisis de dicho sujeto desde dentro de su propia época. Centrándose sobre todo en explorar el lazo de Uribe Ángel con las personas, el grupo social y el mundo en que vivió, Suárez escribe una historia-biográfica enfocada en contar el tiempo rápido de los sucesos de la historia vivida por este hombre nacido hace doscientos años. Asimismo, al hacer zoom sobre las representaciones sociales alrededor de la figura de su protagonista, Suárez resume varias características del imaginario incubado en la memoria colectiva de una serie de personas cercanas al doctor envigadeño, un imaginario que, además de haber trascendido a generaciones posteriores, codifica el núcleo del hilo conductor del relato biográfico de Suárez alrededor de Uribe Ángel cuando lo rememora como “un modernizador antioqueño”: “Pese al actual desconocimiento general de su vida y obra, existe entre los investigadores, estudiosos y curiosos de la historia antioqueña, un reconocimiento y aprecio especial al trabajo de este antioqueño, a quien se le recuerda porque su nombre estuvo ligado a la actividad científica, educativa, cultural y política del departamento en la segunda mitad del siglo XIX” (22).


La biografía histórica escrita por Suárez ofrece una lectura panorámica sobre la proyección pública de Uribe Ángel y, al escudriñar a la misma vez en sus perfiles íntimos y privados, da cuenta de la singularidad de un personaje eminente en su recorrido personal y profesional, recorrido que lo catapultó en sus días a escala nacional e internacional como un prestigioso médico, geógrafo, historiador y literato, encumbrado en la élite intelectual antioqueña decimonónica con la impronta de un ciudadano ejemplar polifacético, al menos de acuerdo con el sesgo de las fuentes primarias privilegiadas por Suárez. El trabajo de este historiador-biógrafo se inscribe en la tradición de escribir la biografía de una persona reconocida y, al no estar en el anonimato, el destino de Uribe Ángel le provee los recursos básicos para ilustrar la dinámica general de la sociedad local en el siglo XIX. Sin contrastar sus defectos, sus debilidades o sus eventos no tan gloriosos, concentrándose menos en sus peculiaridades psicológicas que en sus condicionantes exteriores, al valerse de un modelo arquetípico tratado con un marcado acento individualista, Suárez reivindica la imagen de Uribe Ángel como sabio elogiando la personalidad individual de este personaje en cuanto que hombre de conocimiento, según su microcosmos, su consciencia, sus motivaciones, sus virtudes, sus aventuras, su visión del universo y su representatividad en su círculo social inmediato.


El autor y su editor

Suárez levanta, organiza y expone un repertorio de fuentes útiles para recapitular la historia de vida de Uribe Ángel aplicando instrumentos metodológicos de la historia social, más específicamente de la historia de las representaciones, en conexión con el género biográfico, sirviéndose de estrategias de la cronología, la genealogía, la filología, la diplomática, la onomástica y la observación de la cultura material como medios de producción de conocimiento histórico. A pesar de algunas ausencias de ciertos documentos, la constitución de un corpus documental multiforme y la concisión del estado del arte delineado a lo largo del libro prueban la sistematización de una amplia búsqueda de fuentes primarias y secundarias, disponibles en archivos, notarías, bibliotecas y museos, reuniendo en una misma vía informativa imágenes, textos de revistas y de periódicos, aparte de libros y de artículos que fueran autoría del mismo Uribe Ángel o que estuvieran en la órbita de su vida y obra. Otro aporte de esta investigación se encuentra en la elaboración de los cuadros diseñados por el autor para desembrollar la lógica endogámica en la trama generacional de la familia de Uribe Ángel desde el siglo XVII, así como para catalogar los textos originales de este personaje en los ámbitos de la ciencia, la medicina, la historia, la geografía, los viajes y la literatura en Antioquia, documentos que, tal como el mismo autor lo sugiere, son un material que sirve para futuras investigaciones que profundicen sobre las ideas de Uribe Ángel.


Sin duda, el historiador-biógrafo rompe varios silencios de la historiografía tradicional en torno a la vida de infancia y a la vida adulta de Uribe Ángel, privilegiando algunos datos poco mencionados acerca del personaje central, tales como sus avatares familiares y matrimoniales, su postura política y su faceta literaria, para cerrar el relato con un recuento breve acerca de su enfermedad, su muerte y su legado material, dejándose la puntada final en las palabras dichas por Uribe Ángel al cavilar sobre su propia vida. Aun así, la definición del nivel de análisis de los documentos se ancla en un alcance descriptivo que en su relativa pasividad se enfoca en narrar las fuentes, girando alrededor de los elementos pertinentes, biográficos, contextuales y bibliográficos, asociados al Uribe Ángel de carne y hueso tanto como a la valoración de su ser por parte de distintas personas durante finales del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX. Más aún, si ponemos la lupa sobre los usos de los materiales biográficos en la construcción de su historia-relato, la rigurosidad de la datación cronológica en el libro de Suárez pareciera estar por encima de la facultad del biógrafo para ahondar con más libertad en el análisis del personaje en su dimensión subjetiva, dando predominancia a la descripción de los acontecimientos en la exposición ordenada de los hechos sin detenerse en posibles comentarios críticos.


Por ejemplo, al omitir los juicios de otros estudiosos en boga, Suárez no se cuestiona el etnocentrismo histórico europeizante latente en el pensamiento de Uribe Ángel, señalado por la investigadora Clara Isabel Botero en El redescubrimiento del pasado prehispánico en Colombia: viajeros, arqueólogos y coleccionistas 1820-1945 (2006), donde Uribe Ángel aparece como aficionado a la arqueología, pionero en el interés científico por las sociedades prehispánicas de Antioquia y precursor del coleccionismo arqueológico en la región antioqueña. Al tomar el caso de la obra cumbre de Uribe Ángel, conocida como Geografía general y compendio histórico del estado de Antioquia en Colombia (1885), una publicación de la que Suárez opina que en ella el médico historiador “logró consolidar un libro de más de ochocientas páginas en las que incorporó treinta y cuatro láminas de objetos indígenas” (145), Clara Botero afirmó que:


Como anexo a la obra, Uribe Ángel incluyó una colección de láminas con dibujos que reproducían objetos de oro, cerámica y petroglifos. Sorprende, sin embargo, el tratamiento interpretativo tan contradictorio que Uribe Ángel le otorga a los objetos prehispánicos frente a sus afirmaciones sobre las sociedades que los produjeron. Sin hacer referencia explícita a ninguna fuente, Uribe definió los pobladores prehispánicos de la región como pertenecientes a tres grupos, catíos, nutabes y tahamíes, ‘quienes considerados en su manera de ser social, dan muestra de haber ocupado un lugar ínfimo en la escala relativa de la civilización’. Para el autor, estas sociedades vivían en ‘las copas de los árboles, en ocasiones debajo de las selvas, ya en chozas miserables y aisladas, o bien en poblaciones de más o menos importancia’. La descripción que hizo de cada una de estas ‘naciones’ estaba fundamentada en categorías morales: los catíos que habitaban las selvas del Chocó, además de vivir desnudos ‘eran feroces y dotados únicamente de los instintos brutales que se derivan del influjo de la carnalidad’. Los nutabes, que habían ocupado la parte central del Estado de Antioquia, eran ‘bravos y esforzados en la pelea, ágiles, esbeltos y formidables para la lucha’. Finalmente, los tahamíes eran ‘suaves y mansos de carácter y más dispuestos a entrar a la vida social’. Realmente los consideraba en un estadio tal, que ni siquiera habían podido desarrollar una lengua… Sin embargo, a estos pueblos casi sin lengua y que vivían en las copas de los árboles, Uribe Ángel les atribuía sin distinción ni geográfica ni cultural la búsqueda y explotación de oro para la manufactura de sus ‘joyas y adornos’ así como ‘el arte de modelar la tierra’, la cerámica representada en utensilios y figuras extrañas. Realmente, el tratamiento poco riguroso de Uribe Ángel para la interpretación y la caracterización de las sociedades que habían habitado en época prehispánica el territorio de Antioquia, estaba basado fundamentalmente en los prejuicios ideológicos del autor sobre las sociedades indígenas, para quien el descubrimiento de América había sido un ‘inmenso movimiento de regeneración social’... El referente francés marcó de manera significativa a estos precursores de la arqueología colombiana. La formación académica de Acosta, Restrepo, Uribe Ángel y Posada Arango en Francia marcó su interés por los vestigios prehispánicos durante un período en el que se iniciaban los estudios americanistas. Esta influencia exterior premió la mentalidad de estos científicos y anticuarios a preservar de la fundición los objetos de oro a los que tuvieron acceso, a acumular objetos de cerámica a los que los guaqueros no les otorgaban ninguna importancia y a realizar las primeras interpretaciones sobre la Colombia antigua.” (95-96, 100).



La historia biográfica que nos brinda el libro de Suárez refuerza la narrativa convencional que ha prevalecido en Antioquia sobre la identidad de Uribe Ángel. Suárez teje una trama narrativa que mezcla la forma canónica del género biográfico con el paradigma moderno de la biografía para historiar tanto la individualización como la socialización de Uribe Ángel en su entorno vital. Su retrato nos invita a ver los “importantes aportes” del llamado doctor Manuelito como líder médico, educador, hombre político y literato, averiguando lo que se ha escrito sobre él e informándonos igualmente acerca de la intimidad de su personaje en los roles de hijo, amigo, tío y esposo. Su versión biográfico-historiográfica de Uribe Ángel se devuelve a las generalizaciones como regularidades de la historia y, al quedarse en los bordes entre la historia ejemplar y la historiografía contemporánea, situándose en el trasegar singular de su biografiado, en definitiva, el historiador-biógrafo nos dibuja el paisaje programático de una época concreta sin discutirlo críticamente. ¿Qué significado tiene hoy la ideología del progreso promovida y difundida por personas como Uribe Ángel? ¿Cómo se valoró a partir de la segunda mitad del siglo XX en adelante el legado de este “modernizador antioqueño”? ¿Cuáles son los claroscuros que saltan a la vista si examinamos el sentimiento nacional incrustado en la pasión por la historia que nos dejaron los intelectuales del siglo XIX?


“En realidad –aclara Le Goff–, la idea del progreso triunfó con las luces y se desarrolló en el siglo XIX y comienzos del XX, atendiendo sobre todo a los progresos científicos y tecnológicos… La creencia en un progreso lineal, continuo, irreversible, que se desarrolla de acuerdo con el mismo modelo en todas las sociedades, ya casi no existe… ¿En qué criterios, en qué valores se funda la idea de progreso? Aquí interviene la distinción entre progreso científico y técnico y progreso moral. Si el primero fue entrevisto desde la antigüedad, el segundo fue casi siempre negado antes del siglo XVIII… Pero el gran siglo de la idea de progreso, en la huella de las experiencias e ideas de la Revolución francesa y de sus nuevos desarrollos, fue el siglo XIX. Como siempre, lo que sustenta esta concepción y la hace prosperar son los progresos científicos y técnicos, los éxitos de la revolución industrial, el mejoramiento –al menos para las élites occidentales– del confort, el bienestar y la seguridad, pero también de los progresos del liberalismo, la alfabetización, la instrucción y la democracia… El período 1840-1890 ve el triunfo de la ideología del progreso justamente con el gran boom económico e industrial de Occidente.” (15-16, 200, 220-222).


En suma, el libro de Suárez es el resultado de la escritura de una investigación histórica que se refiere a los acontecimientos, a las instituciones, a las prácticas y a las representaciones sociales instaladas en la memoria de sus contemporáneos y de algunas generaciones posteriores en relación con la vida y obra de Uribe Ángel. Suárez delimita el material estudiado en conjuntos y subconjuntos temáticos para bosquejar una semblanza que reseña la notoriedad, la descendencia familiar, los años de infancia, la vida amorosa, los intereses intelectuales, la vejez y la muerte de su protagonista. No obstante, más allá de la apología o de la diatriba, las lagunas en cuanto a la documentación bibliográfica de las últimas décadas en esta biografía generan unos espacios blancos, unos olvidos o unos vacíos historiográficos, que son signo de una tarea por hacer: reactualizar la imagen que tenemos de Uribe Ángel en el siglo XXI, evitándose quedar en la mera descripción de los acontecimientos. Esta imagen es la imagen de un científico patriota, un médico historiador y un coleccionista de piezas arqueológicas y etnográficas, que en su individualidad nos remite a las formas de la sociabilidad en Medellín en el siglo XIX, a las ideas que caracterizaron la imaginación decimonónica de la élite criolla andina, a la modernización de la ciudad, al entramado de las parentelas y de las clientelas, al control de la riqueza, a la función “civilizadora” de las instituciones científicas, al manejo de las entidades políticas e intelectuales, al estereotipo de lo indígena y a los conflictos étnicos en la formación de la nación y del Estado colombiano. Una imagen captada por el historiador Juan Camilo Escobar Villegas en Progresar y civilizar. Imaginarios de identidad y élites intelectuales de Antioquia en Euroamérica, 1830-1920 (2009), que bien podría condensar desde una mirada crítica el argumento del libro de Suárez, según la cual Uribe Ángel:


[Fue un] intelectual en todo el sentido pleno de la palabra, es decir, en tanto fue un hombre dedicado plenamente al estudio y a la producción cultural en la ciudad, y en tanto lo encontramos interactuando con la gran mayoría de estamentos e instituciones… En efecto, a Uribe Ángel lo percibieron sus contemporáneos como un intelectual… Uribe Ángel era entonces un punto de referencia de abogados, médicos, literatos y demás intelectuales, se había constituido, al menos para el grupo de amigos y discípulos que creó a través del siglo, en un ejemplo de virtud, en un modelo de ‘antioqueño’ con el cual se podía combatir los ‘estudios superficiales’ y los ‘malévolos juicios’ de algunos de los ‘enemigos de Antioquia’… Así sucesivamente fueron escribiendo y publicando, sus amigos y contemporáneos, poemas en su honor, epitafios de reconocimiento, crónicas y anécdotas, un género muy en boga entre ellos, con el fin de declarar que acababa de morir un hombre de ‘ciencia’, ‘letras’, ‘administración’ y ‘enseñanza pública’... No hay que olvidar que aunque Uribe Ángel ya estaba pobre seguía haciendo parte de las familias dominantes de la región: el Uribe lo ligaba con los hermanos Miguel, Pedro y José María Uribe Restrepo, políticos influyentes y capitalistas de Medellín a mediados del siglo y el Ángel con el presbítero Isaac Ángel Uribe, sobrino suyo. Relaciones de parentesco que las élites de la región cuidaron con esmero e hicieron valer en la vida diaria… En realidad, los hombres de la sociedad de Medellín, miembros de las élites, médicos y abogados principalmente, formaban con sus esposas no sólo matrimonios sino también redes de distinción, poder e influencia. Aquellas mujeres estaban, por lo general, recluidas en sus casas pero portaban apellidos con los que podían lograr que sus maridos mantuviesen posiciones de privilegio… En consecuencia, podemos ahora comprender mejor el rol ideológico jugado por los intelectuales interesados en el conocimiento de la historia y la geografía: convencidos en un principio de la necesidad de elevar las montañas, las ciudades y la población de la región a ‘las glorias de la civilización’, terminaron luego movilizándose, publicando y creando instituciones para que su proyecto se irradiara como una verdad irrefutable sobre los habitantes del país. De ahí que Manuel Uribe Ángel dedicara su trabajo, publicado en París, a la juventud colombiana. Por eso el texto que había publicado antes como resumen de su Geografía en el periódico La Restauración tenía como propósito servir de manual en escuelas y colegios… En el siglo XIX los médicos Andrés Posada Arango y Manuel Uribe Ángel, para el caso de Antioquia, realizaron esfuerzos con el fin de estudiar a ‘los antioqueños’ en tanto poseedores de unos rasgos culturales propios… Aunque la producción intelectual en la ciudad fue mayoritariamente hecha por laicos, no por ello podemos olvidar el prestigio y la impronta del pensamiento cristiano entre las élites, incluidas las liberales, tal como lo vimos en la historia del católico liberal Manuel Uribe Ángel… El siglo XIX fue propicio al intelectual, le dio un estatuto relevante, lo convirtió en un ‘civilizador’ y en un héroe; le permitió salir de la soledad de sus elucubraciones para adentrarse en los recintos universitarios, en los salones y centros de discusión, en los teatros; lo autorizó a tomar la palabra gracias a la erudición y al conocimiento; en fin, el siglo XIX podría denominarse el siglo de los intelectuales, de los hombres románticos, amantes de ‘las utopías’, capaces de empeñar sus fortunas en la edición de un libro o en la demostración de una teoría, tal como lo hizo el médico Manuel Uribe Ángel cuando fue a París en 1885 para publicar allí su Geografía y compendio histórico del Estado de Antioquia en Colombia.” (208-209, 210-215, 225, 285, 361, 388).


La falta de otras fuentes primarias le impide al biógrafo penetrar en algunos pormenores del comportamiento de su biografiado. Por ejemplo, cuando habla sobre Uribe Ángel en la esfera de la educación, al retomar su participación en la fundación, dirección y consolidación del Museo y Biblioteca de Zea, hoy Museo de Antioquia, Suárez no alude a los testimonios de Jorge Brisson y de sor Marie Saint-Gautier a principios de la década de 1890, dos viajeros extranjeros que visitaron el museo-biblioteca y que se sorprendieron con la labor de Uribe Ángel no solo como bibliotecario sino como director del plantel educativo. El relato de la hermana francesa nos deja ver entrelíneas el acento europeo y norteamericano de la cultura museográfica de Uribe Ángel al realizar las visitas guiadas respecto a la utilidad de las prácticas de la conservación y la enseñanza magistral en su competencia para esclarecer el origen, la historia y los significados de los objetos exhibidos en el museo: “antiguas armas que pertenecieron a los primeros conquistadores españoles, retratos de hombres ilustres, cerámicas indígenas, serpientes venenosas de toda especie, conservadas en espíritu de vino, hermosos bloques con minería de oro, clasificado que atestigua el buen gusto y el conocimiento científico del doctor Uribe. La Biblioteca, gracias a sus cuidados, se enriquece con obras de todo género, en todo idioma. Don Manuel me ofrece la Geografía Histórica que compuso sobre el Estado de Antioquia, obra que había visto y apreciado en Bogotá”.



El Museo de Antioquia, por su parte, es una de las instituciones que ha propiciado en varias oportunidades la reconsideración de la figura de Uribe Ángel en el contexto local. Desde el homenaje conmemorativo en 1946 en alianza con el Centro de Historia de Envigado y con Laboratorios Uribe Ángel, pasando por una pequeña muestra curatorial en el marco del programa Detrás de la obra en 2002, hasta llegar en 2022 a la plataforma expositiva El jardín de los senderos que se bifurcan. Actos fundantes, gestos refundantes”, dicho museo ha contribuido a repensar el concepto que hemos tenido acerca de este intelectual en nuestra sociedad. El Museo de Antioquia evidentemente nos interpela con esta última exposición al insinuar que, “si bien Manuel Uribe Ángel construyó un ideario sobre la identidad antioqueña cimentado en las diversidades étnicas y afirmado en el proyecto civilizatorio de las élites, tanto conservadoras como de ideas liberales, su visión de [una] sociedad igualitaria, fraterna y equitativa tropezó en muchos de sus discursos, [misivas] y escritos sobre las nociones de raza y de geografía [con] una visión decimonónica, y retrógrada en muchos casos, con respecto a otros intelectuales progresistas latinoamericanos”. ¿Qué le respondería Suárez al curador de esta exposición? ¿Cuál es su opinión acerca de la misma? ¿Dónde entran los contrapuntos críticos en su narrativa biográfica? ¿Cuándo planea sopesar estas versiones de la historia? Por ahora, esta biografía nos convoca a congregarnos en el calor de su lectura con un lenguaje sencillo para excavar lo que fuimos, lo que somos, de dónde venimos y para dónde vamos. Y tal vez solo así el libro de Suárez amerite luego una segunda edición que se complemente con un nuevo capítulo para que sigamos conversando sobre la suerte que nos ha tocado sobre la tierra.


David R. Herrera Castrillón

Bello, 27 de marzo de 2022

Logos web La Mosca Luminosa.png